La Coctelera

Legends of Circonio

Antiguo Clan del World of Warcraft en el servidor Argent Dawn

21 Junio 2006

Carrera en el desierto

Escrito por Khondor Tharauman

La suave brisa marina hubiera hecho las delicias de cualquiera en la llegada del barco a Theramore. Pero entonces, ¿por qué no estaba disfrutando del viaje? No podía quitarme mi objetivo de la cabeza. La tortuga Yarei, el demonio familiar de Zardeth, estaba adormilada a mi lado. Era hora de retomar la persecución. Tenía que acabar con ese elfo antes de que fuera tarde. Había oído mi conversación con Tazar y no podía permitir que contara nada a nadie. Estaba absolutamente obsesionado.

En cuanto el barco atracó, bajé de un salto por la borda y corrí hasta el responsable de los grifos. El elfo no debía llevarme más que unas pocas horas de ventaja y el cuidador de los grifos debía acordarse de él y de su destino. Pero no. No recordaba ningún elfo en las últimas horas. Quedé perplejo por un momento.

Si no se había ido volando, entonces ¿qué había hecho? El destino del elfo era Darnassus pero había acabado en el barco erróneo para poder escapar de mí. Si ahora quería recuperar la ruta original, tenía que haber tomado un grifo, no tenía sentido que intentara recorrer una distancia tan enorme a pie o a caballo. ¿Acaso seguía en la ciudad?

Recorrí las calles pensando, pero atento a cualquier indicio. No podía tener una montura preparada en Theramore, ya que no era su intención venir hasta aquí. Si había alquilado o comprado una, alguien tenía que recordarlo. Tuve que efectuar bastantes preguntas y repartir algunas monedas entre los vendedores ambulantes que estaban por la zona para obtener la información que necesitaba. Un elfo había llegado en el barco anterior y había intentado conseguir un caballo, pero nadie se lo había querido alquilar o vender.

Uno de los guardias de la puerta de la ciudad me confeso, tras un pequeño soborno, que había visto al elfo salir caminando e internarse en el pantano. ¿Así que era eso lo que pretendía? En lugar de tomar el camino obvio, un grifo a Darnassus, se había internado en el pantano con la intención de hacerme perder su rastro. De hecho, sería prácticamente imposible seguir ningún rastro en el pantano.

Pero si no podía seguir su rastro, tendría que anticiparme a su jugada. No le quedaban demasiadas opciones. Al este estaba el mar, mientras que al norte y al oeste estaban los territorios dominados por la Horda. Si intentaba cruzarlos para llegar a Darnassus tardaría días en llegar a una zona menos hostil. Si es que llegaba. Pero el elfo no era un guerrero; si no se había enfrentado a mí tampoco lo intentaría con los orcos.

Otra opción posible es que abandonara el pantano en dirección sur, hacia el cañón de las Mil Agujas, pero esa zona también estaba controlada por la Horda… a no ser… Gadgetzan, la ciudad goblin, estaba relativamente cerca y era una zona neutral. Quizá se dirigía hacia allí. Era una opción tan buena como cualquier otra, así que me dispuse a probar. Introduje la tortuga en la caja que tenía en la mochila, donde solía descansar durante los viajes, y me puse en camino.

Atravesé el pantano siguiendo la desdibujada carretera de Theramore y crucé las montañas para luego tomar rumbo sur. Tras una larga caminata llegué a la entrada del cañón, un puesto de guardia vigilado por dos tauren que cometieron el error de atacarme. No eran rivales para mí. Sus familias lamentarán la pérdida.

Afortunadamente, el agreste cañón y las numerosas agujas rocosas proporcionaban una buena cobertura frente a los guardias de la Horda, así que pude cruzarlo sin problemas hasta llegar a los comienzos del desierto en el que se encuentra Gadgetzan. Pero poco antes de llegar a la ciudad había un pequeño puesto de avanzada.

Los goblins y los gnomos convivían en este lugar. Había varias tiendas y unas gradas junto a lo que parecía una pista de carreras. Y allí se encontraban dos vehículos, uno goblin y otro gnomo, dispuestos a comenzar una carrera. Se respiraba un ambiente de tensión debido a lo altamente competitivas que eran cada una de estas razas con respecto a la otra a la hora de demostrar sus capacidades como ingenieros.

Ingenieros. Una idea se abrió paso en mi mente. En algún momento yo experimenté una cierta pasión por la ingeniería. ¿Qué había pasado? Ya sólo podía pensar en el elfo, en acabar con él para que no se entrometiera en nuestros planes. ¿Nuestros planes? ¿Había yo decidido algo acerca de estos planes? ¿Qué estaba haciendo aquí, de hecho, buscando a un elfo al que no conocía para matarlo? Un fuerte estampido interrumpió mis pensamientos cuando los vehículos comenzaron la carrera.

No podía seguir perdiendo el tiempo, tenía que continuar hacia Gadgetzan, así que seguí mi ruta hacia el sur, con la sensación de haber perdido el hilo de mis razonamientos. ¿En qué estaba pensando? No debía ser importante… continúe corriendo por el desierto hasta que mis sentidos se vieron atraídos por un cráter humeante. Me acerqué y, dentro de él, encontré los restos de uno de los bólidos de carreras. Al parecer, la ingeniería tenía sus peligros. El piloto debía haber muerto en el acto en una explosión y sus restos calcinados estaban entre los hierros retorcidos del armazón destrozado. Sin duda habían cometido un error en las proporciones del combustible que…

Ingeniería, eso era lo que estaba pensando antes. Me preguntaba por qué estaba tan obsesionado con la persecución. Nunca antes me había obsesionado tanto con un objetivo. Incluso había prescindido de recompensas importantes como la de VanCleef porque obtenerlas era demasiado problemático. ¿Por qué ahora me tomaba tantas molestias en alcanzar al elfo?

Me estaba empezando a doler la cabeza y me costaba centrar mis pensamientos. Debía seguir hacia el sur y encontrar al elfo. Ese era el objetivo primordial ahora. Comencé a correr hacia el sur, hacia el paso de montaña de Gadgetzan. La carrera me impedía pensar demasiado en el tema. Poco a poco, las dudas se fueron diluyendo una vez más y sólo quedó mi presa.

Alcancé el final del paso de montaña completamente exhausto, pero tenía Gadgetzan a la vista. El puesto de vuelo de las mantícoras de la Horda se encontraba al lado de los muros de la ciudad. En el extremo opuesto estaba el puesto de grifos. Me adentré en la populosa ciudad y me dirigí a la posada. Pero un movimiento me detuvo. Era la tortuga; o quizá sería más preciso decir el demonio. Se las había arreglado para salir de la caja y lanzarse de la mochila al suelo. La seguí con la mirada, hasta una pequeña tienda de gnomos y allí lo vi.

El elfo estaba hablando con ellos. Sus ropas estaban manchadas de ceniza. Sin duda había intentado socorrer a la víctima del accidente. ¿Por qué yo no había intentado nada? Quizá había más supervivientes en las cercanías. Hubo un tiempo en el que llamaba amigos a los gnomos… el demonio clavó su mirada en mí a través de los ojos de la tortuga, una mirada ardiente… mis manos desenvainaron las espadas y me lancé a correr hacia el elfo.

Apenas a unos metros de distancia, un par de guardias goblin se interpusieron en mi camino con sus armas preparadas. No iban a permitir altercados dentro de la ciudad. Se montó un pequeño revuelo que llamó la atención del elfo y, una vez más, cruzamos nuestras miradas. Había pánico en sus ojos. Se dio la vuelta y corrió hacia la salida de la ciudad, justo donde estaba puesto de los grifos.

Me acerqué caminando con tranquilidad mientras el grifo del elfo despegaba rumbo al norte. Sabía hacia donde se dirigía y una siniestra alegría empezaba a colmarme. Como quien no quiere la cosa, pregunte a uno de los guardias goblin del puesto hacia dónde se había salido el último grifo, sólo para confirmarlo. Pero estaba a punto de terminar el trabajo. Se habían acabado sus engaños y sus tretas. Estaba desesperado y se dirigía directamente a Darnassus. Pero esta vez sólo tenía unos minutos de ventaja. Era mío.

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