Escrito por Khondor Tharauman

La traición no es un trago agradable. Al menos no lo es para el traicionado. En realidad, tampoco suele serlo para el traidor, ya que, independientemente de su motivación, tendrá que afrontar determinadas consecuencias. Pero también puede haber alguien más, alguien que puede beneficiarse del traidor a costa del traicionado. A costa de ambos en realidad.

Cuando la situación llega a un cierto punto de ruptura, basta con un pequeño empujón para que un individuo amargado se convierta en un traidor. Una sociedad de bandidos como la Hermandad Defias es, sin duda, un lugar ideal para encontrar a gente descontenta que esté dispuesta a vengarse de alguien. Ni siquiera tuve que pagar al tipo que encontré en una posada de Goldshire. Lo reconocí por el distintivo pañuelo rojo que estos bandidos usan como identificador. Trabé conversación con él y pronto descubrí todo lo que necesitaba saber.

Efectivamente, Edwin VanCleef era el cabecilla de las operaciones de la Hermandad en Moonbrook. Al parecer, las arcas del tesoro real de Stormwind se encontraban algo vacías cuando llegó el momento de pagarle sus honorarios por diseñar la reconstrucción de la ciudad. Esto no le hizo mucha gracia a VanCleef, que decidió vengarse.

El resto de la historia era fácil de deducir. VanCleef consiguió reunir a un grupo de forajidos y empezó a expulsar a los granjeros de Westfall de sus tierras, ganando notoriedad y atrayendo más bandidos a su organización.

Sin embargo, el infeliz traidor no tenía ni la más remota idea de cuál era el gran plan de VanCleef para realizar su venganza contra Stormwind. Así que no me quedó más remedio que convencerle para que me llevara hasta allí. Esa noche recorrimos los solitarios senderos de Westfall hasta Moonbrook, donde robaríamos el dinero atesorado por VanCleef y los suyos. O eso es lo que le hice creer.

El lugar parecía un campo de batalla. Daba la impresión de que un grupo de la milicia local había intentado entrar en Moonbrook, con desastrosas consecuencias para ambos bandos. Infiltrarse resultó extrañamente sencillo. Las únicas señales de vida eran las de los cuervos. Pero era imposible que hubiera tan pocos bandidos en el pueblo. ¿Dónde estaban todos?

La respuesta quedó clara de pronto: bajo tierra. El traidor me condujo hasta la entrada de una mina subterránea, una mina que ocupaba todo el subsuelo del pueblo y se extendía por las colinas cercanas, llegando incluso hasta el mar. Este era el escondrijo de VanCleef.

El traidor, confiado, se dispuso a adentrarse en la mina, pero mis planes eran otros. Las cajas de suministros apiladas, las herramientas apoyadas en las paredes, los sonidos provenientes del subsuelo… todo ello me hizo pensar que la mina subterránea debía estar repleta de bandidos. La magnitud de la operación llevada a cabo en Westfall así parecía corroborarlo. Entrar solo, con la única ayuda de este despreciable truhán, sería poco menos que un suicidio.

Supongo que lo último que vio fue el filo de mi espada sobresaliendo de su pecho. No podía permitir que hablara con nadie de lo que yo había descubierto. Y tampoco habría nadie que lo echara de menos. Abandoné el cuerpo junto a los otros cadáveres que cubrían el suelo del pueblo. Ya no debía quedar demasiado tiempo para que los hombres de VanCleef se decidieran a subir para limpiar los despojos de la batalla.

Aunque tendría que compartir las ganancias, estaba claro que tendría que buscar ayuda para ir a por el líder de la Hermandad Defias.