La Coctelera

Legends of Circonio

Antiguo Clan del World of Warcraft en el servidor Argent Dawn

Categoría: Relatos

23 Julio 2006

El final de la caza

Escrito por Khondor Tharauman

El cazador corrió entre los árboles, adentrándose en los bosques que rodeaban Darnassus. El entorno era muy familiar para el elfo nocturno y hubiera tenido grandes posibilidades de ocultarse con éxito de un perseguidor menos tenaz. Pero el humano que lo seguía era incansable y la persecución parecía no tener final. Finalmente decidió detenerse en medio de un claro y hacer frente al guerrero humano.

Khondor apareció entre los arbustos y se detuvo frente al elfo, observándole con los ojos inyectados en sangre. El oscuro yelmo que llevaba casi ocultaba sus rasgos y la pesada espada a dos manos que había elegido para ese combate pendía de un arnés a su espalda. La larga persecución había llegado a su fin.

A los pies del cazador, un negro felino aguardaba expectante sus órdenes. Habían recorrido juntos una gran distancia huyendo del guerrero, pero los trucos y artimañas se habían agotado. La fiel mascota era el último as en la manga del elfo. Con un gesto de su mano, el felino se abalanzó sobre el humano que los perseguía.

Los colmillos de la bestia que se precipitaba sobre él eran del tamaño de sus puños. La poderosa musculatura resultaría más que suficiente para tumbar a un humano medio. Pero Khondor no era un humano medio. El guerrero desenvainó la voluminosa espada y la blandió en un poderoso arco horizontal. El golpe no alcanzó al felino, pero ese no había sido su propósito. Para evitar el ataque, la mascota del elfo había tenido que detener el ímpetu de su carga, por lo que había perdido toda la ventaja.

Durante unos instantes, el guerrero y la bestia se sondearon, buscando una desventaja en la defensa del otro. Entonces, una flecha golpeó el hombro de Khondor y el guerrero cayó al suelo. El elfo le había dado a su fiel compañero la oportunidad que necesitaba para atacar y éste no se lo pensó dos veces, compenetrados como estaban después de muchas batallas.

Sin embargo, tanto el cazador como su mascota habían cometido un error fatal al creer que la flecha había herido al guerrero. La poderosa armadura que portaba había desviado el proyectil, pero Khondor había aprovechado la oportunidad para poner en práctica una argucia. El felino se abalanzó sobre lo que el creía que era un oponente malherido y, al bajar la guardia, el puño del guerrero, revestido de hierro, golpeó contundentemente la base de su cuello.

La mascota cayó de lado en el suelo, completamente aturdida, y no tuvo tiempo de reaccionar ante la estocada de la espada. Con las dos manos sujetando firmemente la empuñadura, Khondor clavó literalmente al felino en el suelo, donde su vida termino entre estertores.

El elfo cayó al suelo de rodillas, horrorizado ante la muerte del que había sido su compañero. Khondor levantó la cabeza lentamente hacia su oponente y sonrió burlonamente. Se había terminado. El cazador ya no tenía fuerzas para huir. El guerrero arrancó la espada del cuerpo de su víctima y avanzó hacia él, dispuesto a ejecutarlo. Por fin podría terminar con… ¿con qué?

Khondor se quedó clavado en el centro del claro. ¿Qué estaba haciendo allí? No lo recordaba. Tenía el impulso casi irresistible de acabar con el elfo pero no recordaba por que. No tenía sentido… pero no pudo impedir dar otro paso y otro y otro más hacia el cazador vencido que le miraba compungido, casi como deseando que llegara la muerte. Pero de nuevo, Khondor se detuvo. ¿Por qué tenía que matarlo? ¿Cuál era la razón?

De repente, se dio cuenta de que había una tortuga a sus pies. No, no era una tortuga. Ahora empezaba a recordarlo. La tortuga no era sino el recipiente físico con el que un demonio llamado Yarei se había unido a él. El elfo… el elfo era un espía, un testigo de su búsqueda por alcanzar un mayor poder a través de las sombrías energías demoníacas. El elfo tenía que morir para que no revelara sus propósitos a los patrones del clan Circonio.

La ejecución debía llevarse a cabo, así que levantó la espada por encima de su cabeza y se dispuso a dar el golpe de gracia. Su búsqueda del poder no debía ser interrumpida, debía obedecer al demonio y acabar con… ¿obedecer? De repente, Khondor fue consciente de que no eran sus propios pensamientos los que guiaban sus acciones. La voz del demonio, sutil, había estado en el fondo de su mente durante semanas. No iba a matar al elfo para defender sus intereses. Iba a matarlo para defender los intereses del demonio.

La espada bajó, pero no golpeó al cazador arrodillado. El golpe alcanzó a la tortuga en el centro de su caparazón y se produjo una luminosa explosión. Por primera vez en mucho tiempo, la niebla de odio sanguinario que había nublado la mente de Khondor se diluyó. De repente podía recordar todo lo que había pasado con claridad. Había intentado usar la energía demoníaca como una herramienta a su favor pero ésta se había vuelto en su contra y casi lo había poseído por completo.

En ese momento, al disiparse el humo causado por la explosión, Khondor vio a un demonio rojo en pie entre los restos del caparazón de la tortuga. Yarei se manifestaba por fin en su forma real y se dirigió a él:

¿Por qué has hecho esto? Al romper nuestro vínculo has perdido el poder que te otorgaba. No renuncies a esta energía. Con ella podrás convertirte en el más grande de los guerreros. Únete a nosotros y juntos dominaremos…

Khondor interrumpió al demonio con un grito:

¡Basta! Yo no soy esclavo de nadie y mucho menos de la Legión Ardiente. Me equivoqué al pensar que podría emplear el poder de los demonios para mis propósitos. Fui un estúpido al creer que la humanidad podría utilizar la energía demoníaca para defenderse de sus enemigos sin pagar un precio a cambio. Pero no soy tan idiota como para intentarlo otra vez.

El demonio rugió de ira y escupió su respuesta:

Si no te unes a nosotros tendré que destruirte. Ésta es tu última oportunidad para evitar la condenación. Tu destino es luchar a favor de la Legión o morir en este mismo bosque.

Khondor bajó la cabeza y miró al suelo durante un instante. Durante un breve instante, el demonio pensó que había conseguido su propósito. Pero cuando se dispuso a hablar de nuevo, escuchó una risita sarcástica proveniente del guerrero. De repente, Khondor alzó la espada y atacó al demonio. Éste intentó bloquear con sus zarpas el golpe lateral que llegaba desde su izquierda y consiguió evitar una herida fatal, pero a costa de sufrir gravísimas laceraciones en los antebrazos.

Yarei rugió de nuevo, pero esta vez de dolor. La sangre caía a borbotones de las venas cercenadas en sus brazos, que ahora pendían inertes a los lados de su cuerpo. El odio se reflejó intensamente en la mirada que el demonio dedicó a Khondor. Con una irónica sonrisa en sus labios, el guerrero se dirigió a Yarei por última vez:

De nuevo me has tomado por estúpido. Cometiste el error de materializarte en mi plano de existencia. Y si eres material, se te puede matar. ¿De veras creíste que eras el primer demonio que veía? ¿En serio pensaste que no era capaz de reconocer un farol? Ahora vuelve al infierno del que saliste… ¡Ah! Si vuelves a hablar con Zardeth, tu antiguo maestro, dile que la próxima vez que quiera contar con mis servicios tendrá que ofrecer una sustanciosa recompensa a cambio. Si por el contrario vuelve a intentar engatusarme con otro demonio, no pasará mucho tiempo hasta que vea el filo de mi espada saliendo por su pecho.

El cuerpo de Yarei cayó al suelo y, casi de inmediato, comenzó a descomponerse. El cazador elfo, que había presenciado toda la escena, se acercó a la espalda de Khondor. Mientras los restos del demonio terminaban de disolverse entre volutas de humo, el elfo puso una mano sobre el hombro del guerrero y trató de reconfortarlo:

Hermano, te has enfrentado a los demonios y has vencido. Pocos consiguen liberarse de una posesión y se puede decir de los que lo hacen que tienen un espíritu fuerte. Hablaré en tu favor ante el clan Circonio para que tus errores sean perdonados y…

El elfo se interrumpió bruscamente, con un entrecortado jadeo, y miró hacia abajo. La espada de Khondor estaba profundamente clavada en su estomago. Sus piernas se tambalearon pero no pudo caer al suelo porque los fuertes brazos del guerrero sostenían la hoja que lo atravesaba. No obstante, Khondor no le miraba a los ojos cuando le habló:

El clan Circonio no sabrá nunca nada de todo esto. Nadie lo sabrá nunca. Tú eras el único testigo que podía imputarme y me temo que no podrás hablar de esto con nadie…

Los estertores agónicos del cazador casi no le dejaron responder:

Pero… Tazar…

Khondor replicó airadamente:

¿Tazar? Tazar no sabe nada del demonio que me poseía y, en cualquier caso, está tan metido en esto como yo. Ninguno de los dos hablará por la cuenta que nos trae, puedes estar seguro. Si te sirve de consuelo, siento mucho haber tenido que llegar a esto.

Pero el elfo no había escuchado estas últimas palabras. Khondor bajó la espada y el cadáver se deslizó hasta el suelo. El guerrero miró atentamente al cuerpo del elfo. Un amago de lágrima acudió a su ojo derecho, pero lo desechó con un movimiento de cabeza. Toda esta situación se había descontrolado, había subestimado el poder de los demonios y había pagado caro su error. ¿No había una manera segura de dominar las energías de la oscuridad y utilizarlas en provecho de La Alianza sin atraer a los demonios en el proceso? Tendría que hablar con Tazar sobre ello. Además, algunas personas parecían ser capaces de sobreponerse a los demonios y controlarlos, como el gnomo Slish… ¿o acaso era una ilusión y quienes tenían realmente el control eran los demonios? Tendría que meditar sobre esto cuidadosamente.

Antes de partir, Khondor se arrodilló junto al cadáver del elfo y rebuscó entre sus posesiones. No había nada que lo identificara como miembro del clan Circonio, así que debía ser una espada de alquiler. Nadie lo echaría de menos, éste era un mundo peligroso y pensarían que había muerto durante el desempeño de su misión. Las armas que portaba eran de escaso valor y poco más había de interés en su mochila, a excepción de un sospechoso remiendo. Khondor cortó la tela con una daga y allí encontró una bolsa repleta de monedas de oro. Parece que el clan Circonio había dado dinero más que suficiente a su espía para la realización del trabajo que le habían encomendado. ¿Lo estaba siguiendo a él o a Tazar? Ya era tarde para preguntárselo. Lo que era seguro es que daría buena cuenta de ese dinero.

Khondor abandonó Darnassus y tomó un barco hasta Menethil, en las tierras de los enanos. Allí utilizó el oro del elfo para comprar un caballo, un poderoso animal de color negro azabache. Y montando en su nuevo caballo, el guerrero cabalgó hacia el sur. Lo mejor sería evitar Stormwind por un tiempo, desaparecer… los goblins de las tierras sureñas solían pagar bien a los mercenarios. Quizá era el mejor lugar al que acudir en busca de trabajo…

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1 Julio 2006

Resurrección

Escrito por Babylon Straczynski

Gris. La muerte era gris. Hasta donde alcanzaba la vista no había nada de color. Sólo blanco y negro. Y gris. El mago siguió avanzando hacia una montaña, en dirección al pequeño altar que sabía que se encontraba justo detrás. Habían pasado meses, muchos meses de investigación, pero lo había conseguido.

No era la primera vez que estaba muerto. La vez anterior era un simple campesino que había perecido víctima de una plaga. Pero había regresado al mundo como un no-muerto y se había iniciado en los misterios de la magia. Si ese maldito enano cazador no le hubiera disparado por la espalda, ahora sería un mago de gran poder y renombre. Pero le había cogido desprevenido y aquí estaba otra vez: muerto.

Aunque no sería por mucho tiempo. Estaba convencido de que sería capaz de regresar a la vida una vez más, reproduciendo parcialmente el efecto de la plaga de los no-muertos. Pero dado que su poder era muy inferior al del Rey Lych necesitaba un nexo de unión entre los dos planos para potenciar el hechizo. Aquí es donde entraba en juego el altar, erigido en honor de los muertos de una gran batalla en los tiempos antiguos. La vida y la muerte se entremezclaban en ese lugar y el velo que las separaba era más frágil.

Al girar el último recodo del camino vio el altar. La impaciencia hubiera amenazado con ahogarle si hubiera tenido pulmones con los que respirar. Pero estaba muerto. Como también lo estaban los dos contendientes que batallaban junto al altar. Un enano (otro de esos malditos enanos) y un tauren luchaban en un combate sin final. Estúpidos. ¿Qué pretendían? Estaban muertos, ninguno de los dos podía vencer. El antagonismo entre Horda y Alianza no tenía sentido en ese lugar.

Si hubiera estado vivo es posible que el mago hubiera atacado a los desprevenidos guerreros por la espalda para eliminar la molestia. Pero eso no tenía sentido. No podía matar a los muertos y acabaría inmerso en un combate eterno. En lugar de eso se acercó todo lo que pudo sin que lo vieran y, cuando estuvo lo bastante cerca, los congeló en un bloque de hielo. Hielo gris. No tardarían en zafarse de esa prisión, pero había ganado suficiente tiempo para realizar el hechizo. Cuando salieran del hielo el ya se habría marchado.

El mago depositó ambas manos sobre el altar y comenzó a salmodiar. La cadencia del canto fue aumentando a medida que sentía como el poder chisporroteaba a su alrededor. Estaba a punto de conseguirlo. Sólo tenía que enfocar la mente… pero había demasiado poder. El nexo entre los planos era extraordinariamente poderoso. Más de lo que había calculado. Las energías liberadas amenazaban con despedazar su ser… sólo un poco más… sólo un poco…

La fulgurante detonación fue visible desde kilómetros de distancia. Al desvanecerse el brillo ya sólo quedaba el altar y la montaña. No había nadie allí. Solo era un enorme paisaje vacío. Gris.

Zuus, el paladín enano, despertó en medio de los pantanos de Kalimdor. No recordaba qué estaba haciendo allí ni cómo había llegado, pero el hecho es que estaba allí. Vivo. Poco a poco fue reconociendo la zona y recordó que la ciudad de Theramore estaba cerca. La posada sería un buen lugar para centrar sus ideas y tomar un par de jarras de cerveza.

El gentío que abarrotaba las puertas del banco de Orgrimmar estaba tan enfrascado en sus asuntos que no reparó en el tauren que se levantaba de un rincón en el que no había absolutamente nada un momento antes. Mugraul el druida meneó la cabeza intentando aclarar su mente. ¿En qué momento se había quedado dormido? Perplejo, revisó su mochila y encontró unas cuantas pieles curtidas de gran calidad. Su venta le proporcionaría suficiente dinero para pagarse una buena comida. Estaba hambriento.

El viento helado ululaba sobre las llanuras de Winterspring. Tenía frío. Sentía el frío. Eso quería decir que lo había conseguido. Había vuelto a la vida. Se miró las manos esperanzado, pero la alegría que sentía desapareció bruscamente. No estaba muerto, pero tampoco estaba exactamente vivo. Seguía siendo un no-muerto. El mago mantuvo la vista fija en el horizonte durante mucho tiempo, sintiendo la mayor de las decepciones en el fondo de su alma.

Al atardecer, un yeti surgió de entre los árboles, en busca de algo de caza. Lo último que vio en su vida fue la enorme bola de fuego que se dirigía hacia él. Babylon, el mago no-muerto, pasó junto a los restos carbonizados y caminó a paso vivo hacia la cercana ciudad goblin de Everlook. Al menos no había perdido su poder. Quizá había otra forma de recuperar su humanidad perdida. Quizá.

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21 Junio 2006

Carrera en el desierto

Escrito por Khondor Tharauman

La suave brisa marina hubiera hecho las delicias de cualquiera en la llegada del barco a Theramore. Pero entonces, ¿por qué no estaba disfrutando del viaje? No podía quitarme mi objetivo de la cabeza. La tortuga Yarei, el demonio familiar de Zardeth, estaba adormilada a mi lado. Era hora de retomar la persecución. Tenía que acabar con ese elfo antes de que fuera tarde. Había oído mi conversación con Tazar y no podía permitir que contara nada a nadie. Estaba absolutamente obsesionado.

En cuanto el barco atracó, bajé de un salto por la borda y corrí hasta el responsable de los grifos. El elfo no debía llevarme más que unas pocas horas de ventaja y el cuidador de los grifos debía acordarse de él y de su destino. Pero no. No recordaba ningún elfo en las últimas horas. Quedé perplejo por un momento.

Si no se había ido volando, entonces ¿qué había hecho? El destino del elfo era Darnassus pero había acabado en el barco erróneo para poder escapar de mí. Si ahora quería recuperar la ruta original, tenía que haber tomado un grifo, no tenía sentido que intentara recorrer una distancia tan enorme a pie o a caballo. ¿Acaso seguía en la ciudad?

Recorrí las calles pensando, pero atento a cualquier indicio. No podía tener una montura preparada en Theramore, ya que no era su intención venir hasta aquí. Si había alquilado o comprado una, alguien tenía que recordarlo. Tuve que efectuar bastantes preguntas y repartir algunas monedas entre los vendedores ambulantes que estaban por la zona para obtener la información que necesitaba. Un elfo había llegado en el barco anterior y había intentado conseguir un caballo, pero nadie se lo había querido alquilar o vender.

Uno de los guardias de la puerta de la ciudad me confeso, tras un pequeño soborno, que había visto al elfo salir caminando e internarse en el pantano. ¿Así que era eso lo que pretendía? En lugar de tomar el camino obvio, un grifo a Darnassus, se había internado en el pantano con la intención de hacerme perder su rastro. De hecho, sería prácticamente imposible seguir ningún rastro en el pantano.

Pero si no podía seguir su rastro, tendría que anticiparme a su jugada. No le quedaban demasiadas opciones. Al este estaba el mar, mientras que al norte y al oeste estaban los territorios dominados por la Horda. Si intentaba cruzarlos para llegar a Darnassus tardaría días en llegar a una zona menos hostil. Si es que llegaba. Pero el elfo no era un guerrero; si no se había enfrentado a mí tampoco lo intentaría con los orcos.

Otra opción posible es que abandonara el pantano en dirección sur, hacia el cañón de las Mil Agujas, pero esa zona también estaba controlada por la Horda… a no ser… Gadgetzan, la ciudad goblin, estaba relativamente cerca y era una zona neutral. Quizá se dirigía hacia allí. Era una opción tan buena como cualquier otra, así que me dispuse a probar. Introduje la tortuga en la caja que tenía en la mochila, donde solía descansar durante los viajes, y me puse en camino.

Atravesé el pantano siguiendo la desdibujada carretera de Theramore y crucé las montañas para luego tomar rumbo sur. Tras una larga caminata llegué a la entrada del cañón, un puesto de guardia vigilado por dos tauren que cometieron el error de atacarme. No eran rivales para mí. Sus familias lamentarán la pérdida.

Afortunadamente, el agreste cañón y las numerosas agujas rocosas proporcionaban una buena cobertura frente a los guardias de la Horda, así que pude cruzarlo sin problemas hasta llegar a los comienzos del desierto en el que se encuentra Gadgetzan. Pero poco antes de llegar a la ciudad había un pequeño puesto de avanzada.

Los goblins y los gnomos convivían en este lugar. Había varias tiendas y unas gradas junto a lo que parecía una pista de carreras. Y allí se encontraban dos vehículos, uno goblin y otro gnomo, dispuestos a comenzar una carrera. Se respiraba un ambiente de tensión debido a lo altamente competitivas que eran cada una de estas razas con respecto a la otra a la hora de demostrar sus capacidades como ingenieros.

Ingenieros. Una idea se abrió paso en mi mente. En algún momento yo experimenté una cierta pasión por la ingeniería. ¿Qué había pasado? Ya sólo podía pensar en el elfo, en acabar con él para que no se entrometiera en nuestros planes. ¿Nuestros planes? ¿Había yo decidido algo acerca de estos planes? ¿Qué estaba haciendo aquí, de hecho, buscando a un elfo al que no conocía para matarlo? Un fuerte estampido interrumpió mis pensamientos cuando los vehículos comenzaron la carrera.

No podía seguir perdiendo el tiempo, tenía que continuar hacia Gadgetzan, así que seguí mi ruta hacia el sur, con la sensación de haber perdido el hilo de mis razonamientos. ¿En qué estaba pensando? No debía ser importante… continúe corriendo por el desierto hasta que mis sentidos se vieron atraídos por un cráter humeante. Me acerqué y, dentro de él, encontré los restos de uno de los bólidos de carreras. Al parecer, la ingeniería tenía sus peligros. El piloto debía haber muerto en el acto en una explosión y sus restos calcinados estaban entre los hierros retorcidos del armazón destrozado. Sin duda habían cometido un error en las proporciones del combustible que…

Ingeniería, eso era lo que estaba pensando antes. Me preguntaba por qué estaba tan obsesionado con la persecución. Nunca antes me había obsesionado tanto con un objetivo. Incluso había prescindido de recompensas importantes como la de VanCleef porque obtenerlas era demasiado problemático. ¿Por qué ahora me tomaba tantas molestias en alcanzar al elfo?

Me estaba empezando a doler la cabeza y me costaba centrar mis pensamientos. Debía seguir hacia el sur y encontrar al elfo. Ese era el objetivo primordial ahora. Comencé a correr hacia el sur, hacia el paso de montaña de Gadgetzan. La carrera me impedía pensar demasiado en el tema. Poco a poco, las dudas se fueron diluyendo una vez más y sólo quedó mi presa.

Alcancé el final del paso de montaña completamente exhausto, pero tenía Gadgetzan a la vista. El puesto de vuelo de las mantícoras de la Horda se encontraba al lado de los muros de la ciudad. En el extremo opuesto estaba el puesto de grifos. Me adentré en la populosa ciudad y me dirigí a la posada. Pero un movimiento me detuvo. Era la tortuga; o quizá sería más preciso decir el demonio. Se las había arreglado para salir de la caja y lanzarse de la mochila al suelo. La seguí con la mirada, hasta una pequeña tienda de gnomos y allí lo vi.

El elfo estaba hablando con ellos. Sus ropas estaban manchadas de ceniza. Sin duda había intentado socorrer a la víctima del accidente. ¿Por qué yo no había intentado nada? Quizá había más supervivientes en las cercanías. Hubo un tiempo en el que llamaba amigos a los gnomos… el demonio clavó su mirada en mí a través de los ojos de la tortuga, una mirada ardiente… mis manos desenvainaron las espadas y me lancé a correr hacia el elfo.

Apenas a unos metros de distancia, un par de guardias goblin se interpusieron en mi camino con sus armas preparadas. No iban a permitir altercados dentro de la ciudad. Se montó un pequeño revuelo que llamó la atención del elfo y, una vez más, cruzamos nuestras miradas. Había pánico en sus ojos. Se dio la vuelta y corrió hacia la salida de la ciudad, justo donde estaba puesto de los grifos.

Me acerqué caminando con tranquilidad mientras el grifo del elfo despegaba rumbo al norte. Sabía hacia donde se dirigía y una siniestra alegría empezaba a colmarme. Como quien no quiere la cosa, pregunte a uno de los guardias goblin del puesto hacia dónde se había salido el último grifo, sólo para confirmarlo. Pero estaba a punto de terminar el trabajo. Se habían acabado sus engaños y sus tretas. Estaba desesperado y se dirigía directamente a Darnassus. Pero esta vez sólo tenía unos minutos de ventaja. Era mío.

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9 Junio 2006

Hijo de los desheredados

Escrito por Rhadamanthys Wyvernpride

Los orgullosos guerreros orcos del Clan Circonio eran unos poderosos representantes de las fuerzas de la Horda hasta que fueron derrotados por los humanos durante la Segunda Guerra. Los humanos. No se limitaron a desarmar a mi gente y encerrarla en campos de internamiento. Uno de los responsables del campamento incluso robó nuestro estandarte y usurpó el nombre de mi clan. Así fue como mis padres me contaron la historia.

Los humanos. Toman lo que quieren y desechan lo que no les interesa. La humillación fue tan grande que mi gente no hizo el más mínimo intento por escapar. Preferían permanecer encerrados y resignarse a su suerte que enfrentarse a la realidad. Allí pase mi niñez, encerrado en una prisión de las montañas Alterac. Mis padres murieron de tristeza, junto con muchos otros orcos, a medida que transcurrieron los años. Sin identidad, sin pertenecer a ningún clan, no tenía ningún objetivo en la vida más que esperar el final.

Cuando Thrall liberó a los orcos de la esclavitud, yo era demasiado joven para unirme a los guerreros que combatieron a la Legión Ardiente. Fui dejado atrás y permanecí lejos del frente, junto a los ancianos y a los niños, durante la gran batalla del monte Hyjal. Y en esa batalla vencimos. Los orcos se liberaron por fin de la influencia de los demonios.

Al llegar el momento de construir un nuevo mundo para nosotros permanecí junto a los ancianos, quienes habían llegado a convertirse en una figura paterna para muchos de nosotros, los más jóvenes. En las montañas Stonetalon, cerca de los nidos de los Wyverns, mis ancianos compañeros comenzaron a trabajar en recuperar la herencia que la Legión Ardiente nos había robado. Con la ayuda de los nobles tauren, los ancianos estudiaron los poderes de los elementos y llegaron a convertirse en sabios shamanes.

Conviviendo durante años, nos fuimos convirtiendo poco a poco en una familia, y los tauren empezaron a llamarnos el clan del Wyvern, nombre que adoptamos con orgullo. Pero la edad acabó venciendo a nuestros ancianos shamanes y, poco a poco, fueron dejando este mundo. Cuando alcancé por fin la madurez suficiente como para comenzar mis estudios, y con la bendición de los ancianos supervivientes, viajé a la recientemente fundada nación orca de Durotar para formarme como shaman junto a los guerreros de Thrall.

Mi nombre es Rhadamanthys y soy un hijo del clan Wyvernpride, el Orgullo del Wyvern. La vida de un aprendiz de shaman es dura, pero me esforzaré con todo mi ser para honrar a mis ancianos y defender a la Horda. No volveremos a ser esclavos de nadie.

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7 Junio 2006

Persiguiendo a un elfo nocturno

Escrito por Khondor Tharauman

Mi presa era un elfo nocturno. Uno que sabía demasiado. Debía tener una montura esperándole cuando huyó de la posada de Darkshire, dado que ya no estaba cuando salí a por él. Pronto encontré las ligeras huellas de uno de esos felinos de dientes de sable. El gato corría con tanta ligereza que sólo un rastreado avezado hubiera podido encontrar la pista. Para su desgracia, tantos meses de cazar gnolls habían aguzado mis sentidos.

El rastro llevaba hacia el norte y hacia allí me encaminé. Cruzando el bosque, el elfo había llegado hasta el río que separa los bosques de Duskwood y Elwynn. Era listo. Tardé horas en recuperar el rastro al otro lado del río. Por suerte, estos gatos no son muy amantes del agua, así que el punto del otro lado del río donde había regresado a tierra no estaba demasiado lejos. Si se hubiera dedicado a nadar en el río varios kilómetros, sin duda lo habría perdido.

Pero ahora me llevaba varias horas de ventaja. Su rastro seguía yendo hacia el norte y deduje que se dirigía hacia la ciudad de Stormwind, dado que no había manera de cruzar las cordilleras del norte del bosque. En la ciudad volví a perder el rastro, pero no importaba. Allí tenía otros recursos. Haciendo uso de mis contactos en la guardia de la ciudad descubrí que un elfo había cruzado el barrio comerciante a toda prisa, rumbo al distrito enano.

El siguiente paso estaba claro: iba a tomar el tranvía de los gnomos para dirigirse a la ciudad enana de Ironforge. Pero no cometería el error de seguirle. La única manera de alcanzarle era siendo más listo que él. El elfo debía estar dirigiéndose al puerto de Menethil, para tomar un barco y regresar a Darnassus. Iba a encontrarse con sus patrones druidas. Y no podía permitirlo. Alquilar un grifo hacia Menethil saldría bastante caro, pero no sólo me permitiría recuperar la ventaja, sino que también podría llegar antes que él.

Obligué al grifo a volar a un ritmo infernal, sin descanso. Y la montura pagó el precio. Exhausto, se vio obligado a aterrizar a varios kilómetros de Menethil. Pero había valido la pena, ya que ahora le llevaba bastante ventaja al elfo. Emprendí la marcha para completar el camino, abandonando el grifo a su suerte, cuando algo llamó mi atención. Una excavación.

El trabajo era, indudablemente, obra de enanos. Un trabajo majestuoso. Pero no se veía ni un solo trabajador en todo el lugar. Deambulé un tanto hasta que encontré un pequeño rastro de sangre que me llevó a un enano moribundo. Me acerqué a él y, entre jadeos, me explicó que estaban buscando artefactos de los titanes hasta que fueron atacados por unos raptores. Con su último estertor, me pidió que recuperara una tablilla que habían dejado en la parte norte de la excavación.

Una tablilla de los titanes. El potencial de ese descubrimiento era inmenso. Los titanes eran unas entidades poderosas que, según la mitología, habían dado forma al mundo. Si acaso una pequeña fracción de ese poder estaba a mi alcance…

Abandoné el cadáver del enano y me deslicé por la excavación. Me movía con todo el sigilo posible para no atraer la atención de los raptores que quedaban por la zona. Algunos de ellos se estaban dando un dantesco festín con los cadáveres de otros enanos, lo que los mantenía distraídos. Continué avanzando hasta el norte cuando vi al raptor más grande de todos.

Era una enorme bestia azul, más alta que yo. Pero no tenía ojos para él. Toda mi atención estaba centrada en los trozos de piedra que había a su alrededor. La tablilla. Esa inmunda bestia había destrozado la tablilla en una reyerta contra otro macho de la especie, que yacía destripado entre los restos.

Tuve que hacer un esfuerzo supremo para no gritar de frustración y atraer a todos los raptores de la zona. Tanto conocimiento perdido. Pero eso no iba a salvar a la alimaña de mi justa venganza. Cargué contra él y clavé mis dos armas en su pecho. El animal sólo alcanzó a mirarme atónito antes de derrumbarse. Arranqué mis armas de su cuerpo y volví a golpearle, una y otra vez. No recuerdo durante cuanto tiempo continúe golpeando al raptor sin vida, pero quedó poca cosa reconocible.

Me había dejado llevar por la ira. Y podía pagar un precio muy grave por ello. El elfo podría estar llegando a Menethil en ese momento y yo estaba perdiendo el tiempo. Escalé un pequeño pico y conseguí salir de la excavación sin tener que volver a cruzar por donde estaban los otros raptores. Corrí hacia Menethil todo lo rápido que mis pies podían llevarme, reforzado por los restos de cólera que todavía sentía.

Mi rabia se reavivó cuando llegué al puerto y vi al elfo dirigiéndose a los muelles. Me había vuelto a adelantar. El maldito elfo me había vuelto a adelantar. Sin embargo, cuando miré al muelle, comprobé que el barco que partía hacia su destino no estaba en el muelle. Había tenido suerte. El elfo no tenía escapatoria.

El arrogante elfo esperaba tranquilamente en el muelle, pescando, haciendo tiempo hasta que llegara el barco. Ni siquiera había tenido la decencia de estar nervioso. Pagaría por ello. Me acerqué disimuladamente para evitar a los guardias del puerto, con el objetivo de apuñalarlo por la espalda. Pero no tuve en cuenta los agudos sentidos del elfo.

De repente se dio la vuelta y me miró. Permanecimos uno frente al otro durante un par de segundos. Por un momento pensé que desenfundaría su arma y afrontaría su destino. Degusté la lucha que iba a tener lugar en ese mismo momento. Pero parece que el elfo no estaba por la labor, ya que arrojó su caña contra mí y huyó por el muelle.

El barco todavía no había llegado, así que no podría huir. Me reí del patético intento de fuga durante un instante, hasta que comprendí mi error. Había otro barco en el muelle. Maldito elfo. Me lancé a la carrera pero era demasiado tarde, el barco ya había levado anclas y se alejaba del muelle. El elfo saltó en el último momento y consiguió subir a bordo. Yo no tuve tanta suerte. Mil veces malito sea.

Enrabietado, agarré a un marinero por la pechera de la túnica y le pregunté a dónde se dirigía el barco. Al puerto de Theramore. Al menos sabía a donde iba. Zarparía otro barco hacia Theramore en pocas horas. Y entonces vuelta a empezar. Ese maldito elfo no sabía con quien andaba jugando.

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31 Mayo 2006

Caminando hacia las sombras

Escrito por Khondor Tharauman

y Tazar Inglorion

Darkshire era el lugar ideal para nuestro pequeño encuentro. La oscura posada estaba en el centro del pueblo, rodeada por los vigilantes que lucían sus antorchas para apartar el sempiterno velo de oscuridad que azotaba el bosque. Envuelto en las sombras en una mesa de El Cuervo Escarlata, nadie repararía en la conversación que íbamos a mantener.

Un joven sacerdote elfo nocturno, con el pelo blanco recogido en una pequeña coleta, se acercó a mí. Lo reconocí como Hetlak, un iniciado reciente que aspiraba a formar parte de Circonio. El joven elfo miró a su alrededor, comprobando el lugar. Descubrió en las proximidades a Yarei, la tortuga, y asintió en gesto de reconocimiento. Luego se dirigió a mí con un susurro:

- Mi maestro llegará en breves momentos.

Sin aguardar respuesta alguna, Hetlak se dio la vuelta y salió de la posada. Permanecí en la mesa durante unos minutos más, degustando una cerveza enana fermentada en Kharanos, cuando la pequeña joya que llevaba colgada al cuello se calentó ligeramente y empezó a brillar quedamente con una luz de un tono verdoso. Un miembro de Circonio estaba cerca. La espera había concluido por fin.

La alta figura de Tazar atravesó la puerta del recinto. Un par de parroquianos le dedicaron un rápido vistazo pero luego continuaron con lo sus asuntos. Justo como había previsto. La presencia del sacerdote elfo nocturno habría sido más notoria en Goldshire o Lakeshire, y no nos interesaba que nadie se acordara de nosotros.

Por todo saludo cruzamos una mirada de reconocimiento. Tazar se sentó frente a mí y se dispuso a escucharme. El tema del que íbamos a hablar era muy delicado y no podíamos usar los canales habituales de comunicación. Cuanto antes termináramos, mucho mejor. Comencé a hablar con un susurro.

- A pesar de ser un conocido seguidor de los poderes sombríos has mantenido tu importante posición dentro de una sociedad eminentemente druídica y sacerdotal como Circonio. Incluso has iniciado a Hetlak, tu propio aprendiz, en las artes oscuras. Ahora que me estoy acercando a este camino de conocimiento necesito saber si estás de mi lado. También necesito que me aconsejes cómo debo tratar este tema con el sector más puritano de Circonio.

Tazar asintió ligeramente. Creo que había intuido perfectamente sobre qué tema iba a tratar nuestro encuentro. Se inclino sobre la mesa y me contestó.

- Humano, escucha atentamente lo que te voy a decir. Las artes oscuras proporcionan un vasto poder. Lo sé porque lo he visto y lo he sentido. Los elfos nocturnos, a pesar de nuestra serenidad y sabiduría, tenemos una comunión demasiado cercana con las sombras; la mayoría de nosotros se resiste a reconocerlo y lucha por desligarse de ellas, pero otros hemos aceptado nuestra naturaleza. Sé como sois los humanos, vuestro paso por el mundo es más corto que el del resto de las razas de La Alianza y eso os hace ser impacientes e imprudentes, mi consejo es que seas cauto y no te precipites. Si necesitas consejo aquí estaré para dártelo. En cuanto al clan, creo que va siendo hora de dar un golpe de timón a la nave y dejarnos de esas estupideces de la tierra y la naturaleza. No sé si soy lo suficientemente claro…

Rápidamente aclaré cualquier duda que pudiera tener mi interlocutor.

- Entiendo perfectamente lo que tratas de decirme y comparto tus motivaciones.

Mantuve el gesto adusto en mi cara, pero por dentro sonreía. No estaba sólo en mi búsqueda, Tazar me apoyaría y, por extensión, también Hetlak. Circonio podría convertirse en un excelente camino para alcanzar el poder que tanto anhelaba, pero quizá era el momento de tratar de inclinar la balanza más a nuestro favor. Continuando con el tono susurrante que había dominado la conversación, planteé una interesante sugerencia que había estado meditando durante los últimos días.

- Antes de arriesgarnos a mostrar todas las cartas sobre la mesa sería conveniente asegurarnos algo más de poder dentro de Circonio. Tengo un amigo, un gnomo, que podría ser un interesante refuerzo para nuestra causa. Si consiguiéramos que se incorporara a nuestras filas, nos ayudaría sin duda a desequilibrar la balanza a nuestro favor. Sin embargo, su adoración por las artes oscuras es quizá demasiado evidente. Te hablo de un brujo que practica las artes de la invocación demoníaca. ¿Qué tipo de estrategia podíamos seguir para conseguir su ingreso en Circonio?

Tazar me dedicó una sonrisa malévola.

- Los gnomos son una raza astuta, si tu amigo lo es, seguro que sabrá lo que le conviene. Su inclinación por las artes oscuras hace deducir que se trata de alguien ambicioso, en conclusión, es uno de los nuestros, y si se da cuenta de ello no será necesario convencerle. Imagínatelo amigo humano, podríamos convertirnos en uno de los clanes mas poderosos de La Alianza, seremos respetados y admirados por todos. La Horda temblará con solo oír nuestros nombres. Gracias a nosotros La Alianza se dará por fin cuenta de que necesitamos más contundencia.

Las palabras de Tazar reafirmaban todo aquello en lo que yo había empezado a creer. Pero me había malinterpretado en parte. No tenía dudas sobre Slish, sabía que aceptaría unirse a nosotros en su búsqueda de un mayor poder. En ese sentido, éramos almas gemelas. Sin embargo, mi mayor preocupación era otra y así lo manifesté.

- Pero ¿qué ocurre con los druidas? No creo que acepten con ligereza la admisión de un seguidor declarado de los poderes oscuros que practica abiertamente la demonología. Y no podemos permitir que sus sospechas recaigan sobre nuestras actividades por realizar una defensa demasiado vehemente. ¿Podrás convencerles? A fin de cuenta son los druidas quienes poseen ahora mismo el control del clan.

Tazar me sorprendió con su siguiente declaración. De repente vi claro por qué me habían invitado a formar parte de Circonio.

- Eso si es todo un problema. Conozco a la Elfa que dirige el clan, hemos luchado juntos alguna vez y por lo que sé no es de las que ceden fácilmente. Habrá que buscar algo para convencerla. Podemos exigir un referéndum interno para que no haya un único jefe, sino que todos tengamos el mismo poder, una vez hecho esto, la balanza se inclinará a nuestro favor. En cualquier caso, ella podría esgrimir el hecho de que se encargó de tramitar las gestiones para crear nuestro clan…. ¡Ya lo se! ¿Sabes qué es el símbolo de nuestro tabardo? ¿Sabías que ese símbolo está estrechamente ligado con tu linaje? Se trata de la ancestral garra del pollo. Un antepasado tuyo, Vladimir Tharauman, consiguió vencer él solo a toda una facción de trolls. Según cuenta la leyenda, Vladimir aseguraba seguir las indicaciones que le daba un pollo. Y los reyes de Azeroth reconocieron su bravura concediéndole el título de caballero y un escudo de armas en el que figuraba esa misma garra. ¡Podemos presentarte como el legítimo heredero del clan!

¿Un antepasado mío fundó Circonio? Esa declaración me impactó profundamente. Y ese rumor de que hablaba con un pollo podría parecer ridículo a cualquiera que no estuviera familiarizado con los demonios familiares, como aquel que me acompañaba ahora a mí. Yarei observaba todo desde debajo de una mesa. Pero ahora no era el momento de pensar más en mi demoníaco acompañante. Traté de ahondar más en la cuestión del linaje de Circonio. Estaba sumamente interesado en ese antepasado mío.

- ¿Insinúas que la familia Tharauman ha sido el brazo armado de Circonio desde tiempos inmemoriales? Pero si dices que yo podría ser un heredero… ¿acaso fueron en realidad guerreros humanos los que fundaron el clan mientras que los elfos sólo apoyaban con sus poderes curativos? ¿Y qué es lo que ha llevado al clan a que la situación actual sea completamente al contrario?

Tazar no parecía dar muestras de conocer lo importante que esta información era para mí. Todo lo contrario me contestó con frialdad y naturalidad, como quien habla del tiempo que hace hoy.

- Como bien sabrás, el nombre de tu familia cayó en desgracia y fueron expulsados del clan, entonces los druidas tomaron el poder. Tú eres el primer Tharauman que vuelve a formar parte del clan desde entonces, seguramente porque eres también el primero que intenta limpiar el nombre de su estirpe y devolverle la gloria que antaño tuvo. Eso te sitúa en una posición excelente para reclamar lo que te pertenece.

De repente me percaté de que Yarei movía bruscamente la cabeza hacia un lado. En ese momento me di cuenta de que había otro elfo nocturno en el local. Un elfo que parecía mostrar más interés de la cuenta en lo que estábamos hablando. Quizá era hora de ir concluyendo la conversación. Debía llegar a un acuerdo con Tazar y luego me ocuparía del elfo.

- Debo meditar sobre esto que me has contado, pero mi primera impresión es que es un arma demasiado potente, demasiado importante. Quizá lo más conveniente sea, por ahora, mantenerla oculta y usarla como as en la manga cuando tengamos garantías de éxito. Por ahora te propongo lo siguiente: falseemos las credenciales del gnomo. Hagamos pensar a los druidas que es, por ejemplo, un comerciante que nos ayudará a mejorar nuestra base económica. De hecho conozco a otro gnomo que es realmente comerciante, por lo que podré falsificar las credenciales sin dificultad. Dado que esos altivos druidas no suelen mezclarse con nosotros, la clase obrera, no descubrirán el engaño hasta que sea tarde.

Tazar mostraba signos de inquietud. También se había percatado del elfo que nos observaba. Dirigí un rápido vistazo en dirección al espía y luego volví a mirar a Tazar al tiempo que le dedicaba un leve asentimiento. Tazar comprendió que yo me encargaría del elfo en cuanto concluyera nuestra reunión y una casi imperceptible sonrisa asomó por la comisura de sus labios. Inmediatamente contestó a mi propuesta.

- Muy bien humano, lo dejo en tus manos. Te recuerdo que cuentas con mi apoyo en ambos asuntos que hemos tratado. Me despido ya, que Elune te acompañe en tu camino, hermano humano.

Tazar se levantó y se dirigió a la puerta del local. Cuando pasó cerca del elfo que nos espiaba le miró directamente a los ojos y le dedicó una sonrisa para luego pasar de largo. La cara del elfo mostró un terror sin precedentes y se dirigió a toda prisa a la parte trasera de la posada. Sin duda trataría de salir por una ventana. Así sería más divertido. Acaricié los pomos de mis espadas. Tenía trabajo que hacer.

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31 Mayo 2006

El Orden y el Caos

Escrito por Slishbromfurkonfeldtrimtrig Loosenut

El Orden: Ironforge, Stormwind, el bosque de Elwynn, Dun Morogh, Loch Modan, Westfall.

El Caos: Yo.

Son palabras poéticas, pero yo no me siento nada poético. Me muevo de un lado para otro intentando encontrar un lugar en el que el odio no me consuma, pero parece imposible. Me fui de Ironforge, harto de que los malditos enanos te miren por encima del hombro mientras farfullan palabras ininteligibles, borrachos como cubas.

Así pues me he trasladado a Stormwind. Los humanos son algo mejores, aunque no soporto su aura de permanente tragedia, de añoranza por tiempos perdidos. No soporto la grandeza de una ciudad que prefiere mirar atras, a las glorias pasadas, en lugar de mirar al futuro.

Y luego están los malditos elfos... Sería capaz de confraternizar con trece enanos en busca de un tesoro custodiado por un dragón con tal de no acercarme a un elfo. Se pavonean por las calles de Stormwind, actuando como si todo aquel que les llegue por debajo de la cintura no existiese. Lo único que me consuela es que los humanos no parecen confiar demasiado en ellos.

Ojalá se me presentara una oportunidad para demostrarle a todos estos imbéciles de lo que soy capaz. Ojalá...

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30 Mayo 2006

Aquel que irrumpe en mis sueños

Escrito por Khondor Tharauman

Había pasado dos noches sin dormir. No era capaz de conciliar el sueño desde que tuve aquella pesadilla. Estaba incluso obsesionándome con la idea de que la tortuga fuera la responsable, pero eso era absurdo. Al amanecer del tercer día bajé a desayunar algo a la parte de la taberna del Cordero Sacrificado cuando, de repente, tuve el impulso de comentar mis sueños con el camarero.

No sé que fue lo que me motivó a hacerlo, ya que lo más probable es que me trataran como a un borracho, pero lo más sorprendente es que el camarero – si es que lo era – no pareció sorprendido en modo alguno. Todo lo contrario, se inclinó hacia mí sobre la barra y me susurró:

- Este tipo de contactos no resultan infrecuentes en este lugar. Yo que usted daría una vuelta por las bodegas de la posada.

Acto seguido se retiró y acudió a servir una cerveza a una pareja de gnomos en el fondo del local. Esta declaración me dejó perplejo, algo estaba pasando. Así que decidí bajar a las bodegas. Como era de esperar, se trataba de una estancia oscura y polvorienta, repleta de barriles de bebida. Pero nada más. Me disponía a subir de nuevo para interrogar al camarero cuando la tortuga se introdujo entre dos barriles y la perdí de vista. Trate de seguirla y, detrás de los barriles, me topé de bruces con un arco de piedra que daba paso a una escalera.

La tortuga se tumbó en el suelo y cerró los ojos, estaba claro que no seguiría más allá de ese punto. Pero yo deseaba satisfacer mi curiosidad y decidí bajar las escaleras. Eran unas estrechas escaleras de caracol, pero no demasiado profundas, dado que veía un atisbo de luz al final de ellas. Pronto alcancé el final de las escaleras y llegué a una estancia iluminada por una gran hoguera en su centro, alrededor de la cual se disponían varios escritorios con libros y algunos artilugios cuyo uso desconocía. Había varios individuos ataviados con túnicas que no me prestaron la menor atención, excepto uno.

El individuo estaba vestido de oscuro y su rostro quedaba parcialmente cubierto por su espesa melena negra, aunque podía verse claramente una perilla bien cuidada. A su lado había un pequeño demonio ardiente, lo que me llevó a pensar que estaba ante un brujo. Uno poderoso. El hombre me dirigió una sonrisa afable y me saludó.

- Saludos Khondor, descendiente de la noble familia Tharauman. Es un placer para mí encontrarme con vos después de mucho tiempo de espera. Me alegra ver que Yarei ha cumplido su encargo a la perfección.

Noté una presencia a mi espalda y giré la cabeza rápidamente. Allí estaba la tortuga de nuevo, mirándome con una expresión de condescendencia. Me volví hacia mi interlocutor y le contesté.

- ¿Cómo sabéis mi nombre? ¿Quién sois vos y quién es ese Yarei de quién habláis?

El brujo rió quedamente y respondió con presteza.

- Mi nombre es Zardeth y basta por ahora decir que soy representante de una… organización. Nuestra organización considera que es necesario obtener un mayor poder para garantizar el dominio de la humanidad sobre el mundo.

El brujo se dio cuenta de que miraba al pequeño demonio que tenía junto a el con desconfianza y, con un gesto de su mano, lo hizo desaparecer antes de continuar.

- Ahora que la Legión Ardiente ha sido derrotada, el poder de los demonios está ahí, al alcance de quienes lo quieran conseguir. Nuestra organización no tiene reparos en invocar demonios y usarlos para nuestros fines. Yarei es uno de esos demonios, una entidad menor que convocamos para que os trajera ante nosotros. Incluso a nosotros nos sorprendió su curioso sentido del humor, ya que es la primera vez en mis largos años de experiencia que veo a una de estas entidades elegir una tortuga para manifestarse en el plano real.

La tortuga. Me giré lentamente y la miré con odio. Por eso no había podido conciliar el sueño desde mi encuentro con el huérfano. El demonio debía haber manipulado la mente del niño para que me lo ofreciera como regalo. Y había manipulado la mía para que lo aceptara. Pero no iba a amedrentarme por ello. No permitiría que sus sutiles manipulaciones me volvieran a controlar. Decidí que era hora de abandonar mi tono agresivo y ver en qué podía beneficiarme de todo esto.

- Maestro Zardeth, ¿podría informarme de por qué se me ha traído a este lugar?

Mi zalamería pareció gustarle, supongo que pensó que me tenía en el bote.

- Hemos seguido vuestros progresos con interés y conocemos la reputación de vuestra familia. No parecéis tener escrúpulos a la hora de buscar el poder personal y eso nos gusta. Nos interesa contar con alguien como vos en nuestras filas.

Otra vez la mención de mi familia. No podía referirse a mis antepasados recientes, caídos en desgracia. Debía estar remontándose a fechas muy anteriores. Sin embargo no podía profundizar en ese tema sin demostrar mi ignorancia al respecto. Tendría que aguardar para aprender más sobre ello.

- ¿Me proponéis que estudie las artes de la brujería? Cierto es que me he sentido tentado en multitud de ocasiones…

Zardeth negó con la cabeza.

- Tenemos muchos brujos a nuestra disposición. Pero a veces hay trabajos que deben ser realizados por otro tipo de medios. A veces es necesario usar una espada. Ahí es donde os necesitamos. El conocimiento de la demonología no es la única forma de alcanzar el poder, podéis creerme.

La propuesta me intrigaba sobremanera y no perdía nada aceptándola. Si con eso llegaba a conseguir un mayor poder, sólo podría redundar en mi beneficio. Si en algún momento dejaba de convenirme siempre podía romper el acuerdo.

- Muy bien, maestro Zardeth, habéis captado mi atención. ¿Qué deseáis que haga?

El brujo pareció muy complacido. No obstante, se dio la vuelta, se sentó en el escritorio y comenzó a ojear unos papeles.

- Paciencia, paciencia. Yarei permanecerá contigo y él se encargará de transmitirte cualquier información de relevancia. Pronto aprenderéis a… comunicaros. Agradezco que hayáis acudido a esta entrevista.

Parecía que eso era todo. El brujo continuó estudiando sus papeles, por lo que regresé hacia la escalera con la tortuga – la maldita tortuga – siguiendo mis pasos. Sin duda este contacto me resultaría provechoso. Tanto me daba luchar por dinero para los enanos de Thelsamar o para los elfos de Astranaar que para Zardeth y su organización, así que realmente no estaba sacrificando nada. Por el contrario, parecía tener mucho que ganar. Continué adelante pero, justo cuando puse el pie en el primer escalón, Zardeth volvió a hablar.

- Realmente si que hay algo que podríais hacer por nosotros en este momento…

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