Escrito por Khondor Tharauman
El cazador corrió entre los árboles, adentrándose en los bosques que rodeaban Darnassus. El entorno era muy familiar para el elfo nocturno y hubiera tenido grandes posibilidades de ocultarse con éxito de un perseguidor menos tenaz. Pero el humano que lo seguía era incansable y la persecución parecía no tener final. Finalmente decidió detenerse en medio de un claro y hacer frente al guerrero humano.
Khondor apareció entre los arbustos y se detuvo frente al elfo, observándole con los ojos inyectados en sangre. El oscuro yelmo que llevaba casi ocultaba sus rasgos y la pesada espada a dos manos que había elegido para ese combate pendía de un arnés a su espalda. La larga persecución había llegado a su fin.
A los pies del cazador, un negro felino aguardaba expectante sus órdenes. Habían recorrido juntos una gran distancia huyendo del guerrero, pero los trucos y artimañas se habían agotado. La fiel mascota era el último as en la manga del elfo. Con un gesto de su mano, el felino se abalanzó sobre el humano que los perseguía.

Los colmillos de la bestia que se precipitaba sobre él eran del tamaño de sus puños. La poderosa musculatura resultaría más que suficiente para tumbar a un humano medio. Pero Khondor no era un humano medio. El guerrero desenvainó la voluminosa espada y la blandió en un poderoso arco horizontal. El golpe no alcanzó al felino, pero ese no había sido su propósito. Para evitar el ataque, la mascota del elfo había tenido que detener el ímpetu de su carga, por lo que había perdido toda la ventaja.

Durante unos instantes, el guerrero y la bestia se sondearon, buscando una desventaja en la defensa del otro. Entonces, una flecha golpeó el hombro de Khondor y el guerrero cayó al suelo. El elfo le había dado a su fiel compañero la oportunidad que necesitaba para atacar y éste no se lo pensó dos veces, compenetrados como estaban después de muchas batallas.
Sin embargo, tanto el cazador como su mascota habían cometido un error fatal al creer que la flecha había herido al guerrero. La poderosa armadura que portaba había desviado el proyectil, pero Khondor había aprovechado la oportunidad para poner en práctica una argucia. El felino se abalanzó sobre lo que el creía que era un oponente malherido y, al bajar la guardia, el puño del guerrero, revestido de hierro, golpeó contundentemente la base de su cuello.
La mascota cayó de lado en el suelo, completamente aturdida, y no tuvo tiempo de reaccionar ante la estocada de la espada. Con las dos manos sujetando firmemente la empuñadura, Khondor clavó literalmente al felino en el suelo, donde su vida termino entre estertores.
El elfo cayó al suelo de rodillas, horrorizado ante la muerte del que había sido su compañero. Khondor levantó la cabeza lentamente hacia su oponente y sonrió burlonamente. Se había terminado. El cazador ya no tenía fuerzas para huir. El guerrero arrancó la espada del cuerpo de su víctima y avanzó hacia él, dispuesto a ejecutarlo. Por fin podría terminar con… ¿con qué?
Khondor se quedó clavado en el centro del claro. ¿Qué estaba haciendo allí? No lo recordaba. Tenía el impulso casi irresistible de acabar con el elfo pero no recordaba por que. No tenía sentido… pero no pudo impedir dar otro paso y otro y otro más hacia el cazador vencido que le miraba compungido, casi como deseando que llegara la muerte. Pero de nuevo, Khondor se detuvo. ¿Por qué tenía que matarlo? ¿Cuál era la razón?

De repente, se dio cuenta de que había una tortuga a sus pies. No, no era una tortuga. Ahora empezaba a recordarlo. La tortuga no era sino el recipiente físico con el que un demonio llamado Yarei se había unido a él. El elfo… el elfo era un espía, un testigo de su búsqueda por alcanzar un mayor poder a través de las sombrías energías demoníacas. El elfo tenía que morir para que no revelara sus propósitos a los patrones del clan Circonio.
La ejecución debía llevarse a cabo, así que levantó la espada por encima de su cabeza y se dispuso a dar el golpe de gracia. Su búsqueda del poder no debía ser interrumpida, debía obedecer al demonio y acabar con… ¿obedecer? De repente, Khondor fue consciente de que no eran sus propios pensamientos los que guiaban sus acciones. La voz del demonio, sutil, había estado en el fondo de su mente durante semanas. No iba a matar al elfo para defender sus intereses. Iba a matarlo para defender los intereses del demonio.
La espada bajó, pero no golpeó al cazador arrodillado. El golpe alcanzó a la tortuga en el centro de su caparazón y se produjo una luminosa explosión. Por primera vez en mucho tiempo, la niebla de odio sanguinario que había nublado la mente de Khondor se diluyó. De repente podía recordar todo lo que había pasado con claridad. Había intentado usar la energía demoníaca como una herramienta a su favor pero ésta se había vuelto en su contra y casi lo había poseído por completo.

En ese momento, al disiparse el humo causado por la explosión, Khondor vio a un demonio rojo en pie entre los restos del caparazón de la tortuga. Yarei se manifestaba por fin en su forma real y se dirigió a él:
¿Por qué has hecho esto? Al romper nuestro vínculo has perdido el poder que te otorgaba. No renuncies a esta energía. Con ella podrás convertirte en el más grande de los guerreros. Únete a nosotros y juntos dominaremos…
Khondor interrumpió al demonio con un grito:
¡Basta! Yo no soy esclavo de nadie y mucho menos de la Legión Ardiente. Me equivoqué al pensar que podría emplear el poder de los demonios para mis propósitos. Fui un estúpido al creer que la humanidad podría utilizar la energía demoníaca para defenderse de sus enemigos sin pagar un precio a cambio. Pero no soy tan idiota como para intentarlo otra vez.
El demonio rugió de ira y escupió su respuesta:
Si no te unes a nosotros tendré que destruirte. Ésta es tu última oportunidad para evitar la condenación. Tu destino es luchar a favor de la Legión o morir en este mismo bosque.
Khondor bajó la cabeza y miró al suelo durante un instante. Durante un breve instante, el demonio pensó que había conseguido su propósito. Pero cuando se dispuso a hablar de nuevo, escuchó una risita sarcástica proveniente del guerrero. De repente, Khondor alzó la espada y atacó al demonio. Éste intentó bloquear con sus zarpas el golpe lateral que llegaba desde su izquierda y consiguió evitar una herida fatal, pero a costa de sufrir gravísimas laceraciones en los antebrazos.
Yarei rugió de nuevo, pero esta vez de dolor. La sangre caía a borbotones de las venas cercenadas en sus brazos, que ahora pendían inertes a los lados de su cuerpo. El odio se reflejó intensamente en la mirada que el demonio dedicó a Khondor. Con una irónica sonrisa en sus labios, el guerrero se dirigió a Yarei por última vez:
De nuevo me has tomado por estúpido. Cometiste el error de materializarte en mi plano de existencia. Y si eres material, se te puede matar. ¿De veras creíste que eras el primer demonio que veía? ¿En serio pensaste que no era capaz de reconocer un farol? Ahora vuelve al infierno del que saliste… ¡Ah! Si vuelves a hablar con Zardeth, tu antiguo maestro, dile que la próxima vez que quiera contar con mis servicios tendrá que ofrecer una sustanciosa recompensa a cambio. Si por el contrario vuelve a intentar engatusarme con otro demonio, no pasará mucho tiempo hasta que vea el filo de mi espada saliendo por su pecho.
El cuerpo de Yarei cayó al suelo y, casi de inmediato, comenzó a descomponerse. El cazador elfo, que había presenciado toda la escena, se acercó a la espalda de Khondor. Mientras los restos del demonio terminaban de disolverse entre volutas de humo, el elfo puso una mano sobre el hombro del guerrero y trató de reconfortarlo:
Hermano, te has enfrentado a los demonios y has vencido. Pocos consiguen liberarse de una posesión y se puede decir de los que lo hacen que tienen un espíritu fuerte. Hablaré en tu favor ante el clan Circonio para que tus errores sean perdonados y…
El elfo se interrumpió bruscamente, con un entrecortado jadeo, y miró hacia abajo. La espada de Khondor estaba profundamente clavada en su estomago. Sus piernas se tambalearon pero no pudo caer al suelo porque los fuertes brazos del guerrero sostenían la hoja que lo atravesaba. No obstante, Khondor no le miraba a los ojos cuando le habló:
El clan Circonio no sabrá nunca nada de todo esto. Nadie lo sabrá nunca. Tú eras el único testigo que podía imputarme y me temo que no podrás hablar de esto con nadie…
Los estertores agónicos del cazador casi no le dejaron responder:
Pero… Tazar…
Khondor replicó airadamente:
¿Tazar? Tazar no sabe nada del demonio que me poseía y, en cualquier caso, está tan metido en esto como yo. Ninguno de los dos hablará por la cuenta que nos trae, puedes estar seguro. Si te sirve de consuelo, siento mucho haber tenido que llegar a esto.
Pero el elfo no había escuchado estas últimas palabras. Khondor bajó la espada y el cadáver se deslizó hasta el suelo. El guerrero miró atentamente al cuerpo del elfo. Un amago de lágrima acudió a su ojo derecho, pero lo desechó con un movimiento de cabeza. Toda esta situación se había descontrolado, había subestimado el poder de los demonios y había pagado caro su error. ¿No había una manera segura de dominar las energías de la oscuridad y utilizarlas en provecho de La Alianza sin atraer a los demonios en el proceso? Tendría que hablar con Tazar sobre ello. Además, algunas personas parecían ser capaces de sobreponerse a los demonios y controlarlos, como el gnomo Slish… ¿o acaso era una ilusión y quienes tenían realmente el control eran los demonios? Tendría que meditar sobre esto cuidadosamente.

Antes de partir, Khondor se arrodilló junto al cadáver del elfo y rebuscó entre sus posesiones. No había nada que lo identificara como miembro del clan Circonio, así que debía ser una espada de alquiler. Nadie lo echaría de menos, éste era un mundo peligroso y pensarían que había muerto durante el desempeño de su misión. Las armas que portaba eran de escaso valor y poco más había de interés en su mochila, a excepción de un sospechoso remiendo. Khondor cortó la tela con una daga y allí encontró una bolsa repleta de monedas de oro. Parece que el clan Circonio había dado dinero más que suficiente a su espía para la realización del trabajo que le habían encomendado. ¿Lo estaba siguiendo a él o a Tazar? Ya era tarde para preguntárselo. Lo que era seguro es que daría buena cuenta de ese dinero.
Khondor abandonó Darnassus y tomó un barco hasta Menethil, en las tierras de los enanos. Allí utilizó el oro del elfo para comprar un caballo, un poderoso animal de color negro azabache. Y montando en su nuevo caballo, el guerrero cabalgó hacia el sur. Lo mejor sería evitar Stormwind por un tiempo, desaparecer… los goblins de las tierras sureñas solían pagar bien a los mercenarios. Quizá era el mejor lugar al que acudir en busca de trabajo…